Escucharla al hablar era una desgracia. Para ella, todo estaba mal. Era chismosa, envidiosa, quejumbrosa. Culpaba a todo el mundo - menos a ella - de todo lo malo; además, inventaba excusas y exageraciones. Por si fuera poco, confundía sus opiniones con los hechos. No había honestidad, integridad, ni autenticidad. En fin, no había amor. Su lengua viperina sólo destruía y quien la escuchaba quedaba disminuido...
(Idea tomada de Julian Treasure).
viernes, 3 de junio de 2016
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